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EL PERÚ DE HOY Y LO QUE NOS FALTA PARA SEGUIR CRECIENDO

Publicado: 2010-04-18

Sería injusto pensar que el Perú no ha cambiado en los últimos años y más injusto aún el pensar que ese cambio no ha sido positivo. Los que atravesamos la ruta de los 30 años pertenecemos a la generación que creció con las colas y la hiperinflación del primer gobierno de García y con el primero de Fujimori. Somos los que estábamos destinados a optar entre quedarse en el país para “cargar la cruz” del subdesarrollo y terminar cagados o simplemente chapar el primer vuelo de AeroPerú, antes de su quiebra, rumbo a tierras extranjeras para aventurarse en la búsqueda de un mejor futuro, el cual podía ser lavando los baños de algún hotel gringo de medio pelo o quizás, en el mejor de los casos, con la ayuda de la sarita, cumpliendo el tan deseado “sueño americano” luego de sacrificar todo cuanto se pueda. Recuerdo claramente que en la TV de los 80´ resultaba noticiosa la cantidad de personas que emigraban del país y las dolorosas escenas que se producían en el terminal de embarque del aeropuerto Jorge Chávez, aquel cuyas pistas representaban un serio riesgo en aterrizajes y despegues por la condición en que se encontraban. Que difícil debe ser el formar parte de un país en el que la esperanza y el orgullo nacional es inexistente, donde las conversaciones de los padres, cuando ambos llegaban del trabajo luego de horas de chamba para ganar intis devaluados, estaba centrada en el hallar las fórmulas mágicas para poder pagar la pensión del colegio del hijo mayor sin que ello haga que el menor se quede sin estudiar. Y eso sólo en referencia a la clase media, si es que se puede llamar así al grupo social que veía descalabrar su patria, sus ahorros y su existencia sin que nadie pueda arreglar el lio. Que complicado debió ser para un padre de familia de fines de los 80´ el tener que decirle a los hijos que no pueden salir a la calle por temor a que un coche bomba acabe con su vida y con ello la existencia de la familia, mientras en la radio y a la luz de la vela, la ciudad reportaba el lugar donde había sido dinamitada la última torre por la insania mental de los delincuentes terroristas. Lo más valioso que tiene una persona, además de su libertad y su propia vida, es la esperanza. Esperanza, por ejemplo, de que su trabajo, esfuerzo y sacrificio diario sea el medio para que pueda superarse, alcanzar metas y poder lograr la satisfacción de sus expectativas. Por ello, cuando la esperanza es la víctima, resulta muy difícil tener la fuerza para continuar el camino, lo que quizás puede resumir el sentir de la gran mayoría de los peruanos que vivieron y fueron testigos de lo que sucedía en las dos últimas décadas del siglo pasado en el país. Hoy, que escribo estas líneas, no puedo definir cómo habría sido mi forma de afrontar las cosas si es que me hubiese tocado ser parte de la generación “al mando” de aquella época. Quizás, como hicieron mis padres, me hubiera quedado en el Perú a lucharla y a dar lo mejor de mí para que a los míos no les faltara nada. O quizás también hubiese sido uno de los tantos que luego del autoexilio tendría en mi lengua al “espanglish” por vivir en tierras del Tío Sam. No lo sé. Mi familia tomó la decisión de quedarse y apostar por el futuro del país en medio de hiperinflación, inestabilidad, bombazos, apagones, amenazas de secuestro, paquetazos y frases inolvidables, como la de un ex ministro de economía, quien luego de anunciar al país un exorbitante ajuste de precios cerraba el shock con un hasta hoy recordado “que Dios nos ayude”.   Recuerdo bien a mi padre decir “ya va a venir a luz, no se preocupen” a la marca de las velas, mientras mis hermanos y yo esperábamos que nos entre sueño contando historias alucinadas. ¿Qué pensaría él en aquel momento?, quizás muy dentro suyo deseaba vivir con su esposa e hijos en otro lugar lejos de tanto caos. Pero, como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante, finalmente, como mi padre había asegurado, la luz apareció. El Perú cambió, y lo hizo para mejor, quizás Dios, como pedía el ministro, nos ayudó. Es innegable, salvo para aquellos que creen en banderas rojas y posiciones ideológicas trasnochadas, que el origen del cambio tuvo su inicio con los ajustes económicos que se aplicaron a inicios de los 90´ junto a políticas fiscales responsables y continuas. Pero también es plenamente cierto que el cambio no solo tuvo que ver con aspectos económicos. Mucho de lo sucedido se debió a una modificación de la actitud mental de los peruanos frente a la realidad. El Perú del 2010 es otro, ya no tenemos a ministros de economía apareciéndose en cadena nacional un domingo en la noche, con el temor de todos, anunciando el nuevo precio del kilo de arroz, dictando reglas de mercado. Ya no nos escondemos a partir de las seis de la tarde, cada quien donde pueda, para evitar ser afectados por algún atentado terrorista o simplemente porque la energía eléctrica se iba a cortar por la necesidad de racionamiento. Ya no vemos colas interminables de personas, pugnando por un poco de arroz o azúcar en los mercados “del pueblo” de la época del primer gobierno aprista, así como ya no pensamos que la única manera de poder vivir mejor es apostando por hacer cualquier cosa, cualquier oficio, por más indigno que sea en tierras extrañas. Los peruanos del 2010 hemos podido entender que tenemos muchos motivos parar sentirnos orgullosos de ser peruanos y vivir en el Perú, no solo porque la economía ha mejorado, sino porque la actitud mental ha cambiado. La frase “el Perú esta jodido” ha sido desplazada por el ya clásico “sí se puede”. Los polos con el estampado “I love NY” han sido reemplazados por una imagen del Macchu Picchu en un polo de algodón peruano, mientras que las gorras de algún equipo de beisbol extranjero han sido sustituida por el chullo andino. Hoy la aparición de algún personaje de Marvel en los spots televisivos ha sido reemplazada por un versátil Cuy Mágico, demostrando que la alienada veneración a lo importado, como sinónimo de calidad, ha sido superada por la marca “Cómprale al Perú”, de la misma manera que hoy en día el mejor regalo que se puede llevar a un cumpleaños ya no es la clásica botella de whisky escocés sino el buen y noble pisco, el pisco de PISCO. Hoy los mejores matrimonios de Lima se amenizan con el ritmo de los Hnos. Yaipén y el Grupo 5. Incluso hemos empezado a cambiar la estrofa de nuestro Himno Nacional, dejando el “largo tiempo el peruano oprimido” para que “en su cima los andes sostengan la bandera o pendón bicolor”, esos mismos andes que cada día son recorridos por los turistas nacionales y extranjeros en Cusco o Huaraz, los que nos visitan porque el Perú ha cambiado y ellos lo saben, lo que les permite venir y probar nuestra comida, que es la mejor del mundo, no porque sigamos recetas al pie de la letra sino porque aprendimos a reconocer que tenemos la sazón en la sangre. Es evidente, el Perú ha cambiado y lo ha hecho para bien, pero también es innegable que necesitamos mejorar en varios aspectos. Tenemos que dejar de lado la informalidad y el facilismo, la cultura del “más vivo” y nuestra falta de civismo; abandonar de una vez por todas a las criolladas, esas que nos hacen ver como ciudadanos de baja categoría. Necesitamos también una real reforma educativa que permita a todos, sin distinción alguna, poder ser educados con calidad. Requerimos de una reforma del Poder Judicial que permita que los ciudadanos crean que realmente existe justicia. Urge una reforma política que nos lleve a la existencia de pocos partidos con muchos militantes, para evitar atomizaciones coyunturales y la aparición de advenedizos con delirios de mesianismo. Requerimos de una reforma social para evitar que sean los motivos económicos, religiosos, raciales o políticos los que se constituyan en las herramientas de dominio, donde el trabajador tenga acceso a salud y seguridad social que le permita conocer y contarle a sus hijos lo que es un trabajo digno. Necesitamos que el empresario pueda tener seguridad para invertir y obtener rentabilidad de su inversión, sin temor a expropiaciones descabelladas o a reglas inciertas. Requerimos explicar a todos los peruanos que la inversión responsable en minería no es sinónimo de destrucción y que las tomas de carreteras no son forma válida para ser oídos. Urge hacer entender a nuestros políticos que el pueblo no es ignorante y que la época en la que el señor feudal se zurraba en los habitantes con actitudes esclavistas y prepotentes quedó hace mucho tiempo en el pasado. Urge también hacer recordar a la clase política que si están allí es porque el pueblo y solo el pueblo lo ha decidido. El Perú del 2010 es un país viable y con futuro, lo que implica una doble responsabilidad. Por un lado, todos los peruanos tenemos la obligación de contribuir a que este proceso nunca culmine, sino por el contrario, avance a mayor velocidad para incluir en la mejora a todos aquellos que hoy no la sienten cerca, y por otro, la obligación de corregir todo aquello que  pueda implicar llevar cargas pesadas que hagan difícil el avance. El futuro del país no depende de unos cuantos políticos de turno, depende de todos los peruanos. Está en nuestras manos llevarlo al barranco o el hacer que sea, por fin, la imagen de una nación próspera, solidaria, justa y libre. El Perú del 2010 es otro y que sea aún mucho mejor, eliminado los obstáculos que pueda impedirlo, no es un sueño.


Escrito por

Alexander Bazán Larco

http://www.alexbazanl.me


Publicado en

FEBRERO TRECE

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